Goodbye

Cuando me haya marchado de aquí y mi fría ciudad en llamas sea a duras penas la neblina moribunda de un poblado cerebral, le escribiré a la ciudad de la eterna primavera un himno digno de su gallarda estampa rastrera. Mientras tanto, en mi última noche bajo el cielo donde aprendí a volar a puras caídas, me conformo con escuchar canciones en inglés de artistas glamorosos que se despiden de metrópolis desconocidas para mí. New York cares, canta Paul Banks desde la Gran Manzana, y yo, desde mi casa en la San José, le respondo: Arica también, aunque la comparación llame a la risa. Pero se los digo ahora y no se los mando a decir con nadie, guárdense esa risita huevona. Hay que ser valiente (sí, lo sé, quizás no sea ésa la palabra) para vivir aquí, en la capital mundial de la derrota permanente, y no perder el entusiasmo. Y que conste que si yo me voy, no es por haber perdido el entusiasmo (un entusiasmo de condenado a muerte, claro). Pero ésa es otra historia. Te voy a extrañar, ciudad de mierda. Sigue contemplando como un tren descarrilado el estúpido vuelo de las aeronaves.

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